La historia de Ezekihel.

La historia de Ezekihel.

Saludos.

Mi nombre es Ezekihel.

Procedo a contarle mi historia, para presentarme antes vos y expresarle mi deseo de permanecer en esta ciudad, al menos durante un tiempo.

Nací, allá por el año 1928, en el seno de una familia adinerada (bastante para los tiempos que corrían).

Aunque ya había pasado la época en la que a los mozos se les enseñaba danza, canto y demás actividades que hoy en día (y en la época en que nací) se considerarían algo afeminadas, mi padre era caprichoso.

Le encantaba el espíritu de épocas anteriores (he de confesar que también a mí) y me hacía dar clases de ese tipo.

A decir verdad, a mí me encantaba todo lo relacionado con el arte, pero no de ese tipo o, al menos, no así.

No me hacía demasiada gracia tener que aprender a la fuerza, ni tampoco las disciplinas que me enseñaban.

Yo prefería salir a escondidas de casa con mis pinturas, y echarme a andar hasta encontrar un sitio en el que me sintiera a gusto y en libertad, y entonces intentar reflejar la belleza del lugar escogido, en la medida de lo posible.

En parte, me sentía bien en casa porque la relación con mis padres era buena pero, por otro lado, me sentía algo… atrapado. Atrapado en ese lugar; en los caprichos de mi padre. Sentía que vivía la vida de otro y me angustiaba no ser yo quién guiara mis propios pasos.

Por eso, cuando tuve suficiente edad, propuse a mis padres que me dejaran ir a una de las casas que tenían en la montaña, las cuales eran usadas para recreo o para refugio cuando se iba de caza.

Elegí irme a la más alejada y menos frecuentada de ellas. De hecho, mi padre apenas recordaba que existía.

Por la zona había más casas, pero lo suficientemente alejadas como para tener toda la intimidad y tranquilidad que por aquellos entonces necesitaba. Y, de vez en cuando, los vecinos de las otras viviendas del lugar, se acercaban ha charlar un rato cuando pasaban cerca o (en el caso de las vecinas) a entregarme una muestra de cualquier comida especial que hubieran preparado.

Bueno, creo que me estoy extendiendo mucho en nimiedades que, en realidad, no creo que a usted le interesen mucho ni tenga tiempo para ello.

Iré más al grano.

Cuando llevaba por allí un tiempo, un “vecino”, que hasta entonces no había aparecido antes por mi casa, decidió visitarme una noche.

Me contó que había oído por ahí que:”el chico de la casa del roble era un artista” y, puesto que a él le interesaba el tema (no dijo que él lo era, supongo que por modestia pero, ¡vaya si lo era!), se había animado a visitarme para ver lo que hacía, si a mi no me importaba, y a realizar pequeñas tertulias si me apetecía, pues decía que por el lugar no encontraba a nadie para hablar de esas cosas y que compartiera su pasión por el arte en cualquier aspecto.

Yo, por supuesto, acepté.

Me gustaba estar en aquella casa en soledad; pero también me encantaba hablar con la gente. De hecho, era algo que agradecía mucho a los demás vecinos cuando venían a mi casa o cuando me aceptaban en la suya. Y bueno, ahora que alguien compartía mi “afición” pues, mejor que mejor.

Mi “vecino” estuvo viniendo a casa durante mucho tiempo y, de vez en cuando, también traía sus obra;, ya fuera algún relato, partitura, retablo…

Leíamos, charlábamos, pintábamos…

Pero jamás me invitó a su casa, cosa que me extrañó mucho, puesto que se veía una persona muy abierta y no de esas que no deja ni que la gente pase del escalón.

Yo no es que me lo tomara a mal, es más, ni había pensado en ello demasiado. Simplemente me extrañaba muchísimo por como era él.

En sus visitas me enseño mucho. Él decía que también yo le enseñaba cosas (supongo que se referiría a otras cosas porque, respecto a cualquiera de las “artes” que nos gustaba practicar, él siempre me sacaba muchísimo nivel).

Una noche ocurrió algo definitivo para los dos.

Unos proscritos que huían de la justicia tuvieron la “genial” idea de esconderse en las montañas y tener las comodidades de una buena casa.

La mía.

Irrumpieron en el salón tras derribar la puerta de la entrada, y nos amenazaron a Gabriel (así se llamaba mi “vecino”) y a mí; uno, con un revólver; los otros dos, empuñando una especie de sable de tamaño considerable cada uno y; uno de ellos, también una daga en la otra mano.

Se inició una pelea, algo que era de esperar, pero en uno de los movimientos, entre tanto alboroto, el que portaba la daga consiguió clavármela en un costado.

Gabriel se percató de ello, e inmediatamente se produjo algo asombroso.

Se apoderó de el una furia que hasta el momento no había mostrado. De hecho, parecía que antes, mientras peleaba, trataba de ocultarla para “no hacer daño”(dentro de lo posible en una pelea).

Parecía enloquecido y como si su cuerpo tuviera el doble de aceleración que una persona normal.

Yo estaba aturdido y apenas me enteraba de lo que pasaba. Entre la herida, y que no salía de mi asombro…

Los tres atacantes acabaron muertos.

Evidentemente, tras recuperarme de lo visto, le pregunté qué era “lo que había sucedido” y, evidentemente también, no me refería al ataque de los delincuentes pero, antes de que me contestara, perdí el conocimiento.

Cuando recuperé la conciencia, Gabriel estaba junto a mi cama y su rostro estaba desencajado. No esperaba que le afectara tanto lo que pudiera pasarme.

Me contó quién era o; mejor dicho, qué era; y el por qué de lo que había visto.

Yo seguía estando asombrado, aunque quizá no todo lo que hubiera estado si me encontrara en plenas facultades.

Me explicó que llevaba unos días con fiebres altas y que la herida se me había infectado.

Me propuso, tras una conversación algo más profunda de lo que voy a explicar aquí,”curarme”.

A mi me pareció algo monstruoso.

La idea que siempre había tenido de “esos” seres no era nada agradable (ya se sabe, cuentos de viejas…)

De todas formas, no me acababa de creer lo que había escuchado.

Pero… por unos instantes, antes de perder de nuevo el conocimiento, se me pasó por la cabeza que, si era verdad lo que decía, no serían tan horribles si él era uno de “ellos”.

La próxima vez que desperté, mi guía ya no seria el sol, sino la luna.

Cuando caí en la cuenta, me enfurecí. Furia que aún no sé si se ha desvanecido…

Gabriel no pudo soportar la idea de que muriera.

Me contó su historia (cosa que tampoco viene a cuento) y lo que sentía. Básicamente, soledad, incomprensión.

Cuando me conoció estaba a punto de enterrarse y dormir el sueño de los inmortales, pero antes; pensó que tenía mucho tiempo, y quiso pasar por mi casa para ver algo de lo que hacía. Lo que sucedió después, (el entablar amistad conmigo), no se lo esperaba, y era algo que le dio renovadas fuerzas.

No le guardo ningún rencor, pero a veces me lamento de ser lo que soy.

Supongo que es algo habitual en los “nuestros”.

Sigo manteniendo contacto con Gabriel. De hecho, es el ser que más aprecio en el mundo.

Ya hace algún tiempo que no le veo, pero seguro que pronto nos volvemos a encontrar.

Ahora, me gustaría instalarme en su ciudad para abrir un club en el que poder fomentar el modo de vida que me gusta, tanto en humanos como en; digamos, no humanos.

Si desea saber algo más de mi historia, no dude en ponerse en contacto conmigo y comentarme cualquier pormenor.

Atentamente:

Ezekihel.

NOTA: Esta “carta” está escrita como presentación para una partida de rol que no llegó a llevarse acabo, por eso tiene ese formato y la historia no está más desarrollada. No descarto seguir contando 🙂

María.

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2 comentarios en “La historia de Ezekihel.

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