El petirrojo (relato original)

-¿Es normal que haga eso?- Preguntó Mike, sin apartar la mirada del petirrojo.

-Por supuesto que no- Respondió Demis, desdeñando la pregunta de su cliente, como si ésta la hubiera formulado un niño que solo piensa en enumerar “porqués” sin importarle la lógica de las respuestas– ¿Cuándo empezó a hacerlo?

-Esta mañana, me di cuenta al llegar de trabajar.

 -Qué raro- musitó imperceptiblemente.

El petirrojo acababa de posar el alambre de sus patas en el balancín que colgaba del techo de la pajarera metálica. Era pequeño, rollizo; el busto anaranjado hinchado como una borra de algodón escondía el diminuto cuello, resaltando aún más su simpática redondez: un ejemplar sano de petirrojo europeo. O eso le parecía a Demis a simple vista.

Entonces, con esa velocidad espasmódica que tienen los pájaros a la hora de analizar el lugar en que se encuentran, el petirrojo, mirando aquí y allá, cantó sobre su  balancín. No era un trino agradable, había que hacer muchas concesiones para considerar siquiera a ese chirrido agitado como un canto; más bien parecía un grito afónico, como amortiguado por aceite de motor y arandelas oxidadas.

Continúo su interpretación ignorando por completo al jurado durante unos minutos. Demis lo analizaba concienzudamente, observando cada movimiento del pico y cada sonido. Aun no veía el problema, no podía condenar al pájaro solo por su nulo talento musical:

-¿Nada más?- Había cierto reproche en la pregunta.

-Espere y verá.

Y, en efecto, una nueva anomalía se dibujaba en el comportamiento del animal; un nuevo matiz había aparecido en el canto, un bucle, una congelación espontanea. El pequeño pajarillo había encontrado, de entro todo su repertorio de estridencias y disonancias, sus notas favoritas, y daba la impresión de no tener intención de cambiarlas. Sin embargo, no quiso dejarlo ahí, también decidió añadir a su actuación un componente más físico. El cuello del animal comenzó a retorcerse sobre sí mismo, atascado en la misma parálisis que sufría su canto, recordando a aquella antigua película de terror.

-¿Lo ve? Da muy mal rollo. Así no hay forma de descansar.

Demis abrió su bolsa y empezó a sacar herramientas, objetos y papeles. Sin decir nada, abrió la jaula y sacó al petirrojo, que aún seguía debatiéndose contra sí mismo en su mano, sin detener canto y convulsiones. Lo observo detenidamente, prestando especial interés por los ojos color avellana y el pico menudo, abierto en una mueca atascada por los chirridos.

El pájaro no se resistía, se dejaba manipular: estaba congelado en el tiempo. Le dio la vuelta para observar el vientre grisáceo; soplo varias veces sobre la zona para levantar las plumas, quedando al descubierto un diminuto panel metálico. Con ayuda de un aún más diminuto destornillador retiró con cuidado la carcasa y comenzó a tantear el esqueleto artificial de cables, arandelas, tuercas, transmisores, mecanismos, chips y microchips.

Tras cinco minutos de metódico trabajo de ingeniería en miniatura, volvió a ajustar el panel y extendió la mano: el petirrojo se alejó rápidamente hacia la comodidad de su jaula con un sordo batir de alas, y sus trinos ahora sonaban alegres, melódicos, variados. Y naturales.

-Ya está –dijo satisfecho el mecánico, mientras guardaba sus herramientas- el cable de la siringe se había atascado en el mecanismo locomotriz de la cabeza. Un fallo habitual en estos modelos, y me extraña que no se den con más frecuencia ¿Sabe cuánto cuesta hacer que uno de estos resulte convincente usando solo fotos y animales disecados?

-No me hago ni la menor idea- Y así lo reflejaba su sonrisa boba.

Murnau (Julio Bernad Cobo)

Enlace original aquí

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