Señora Ama // La Malquerida

El libro del premio nobel Jacinto Benavente, consta de dos obras de teatro. La primera es una comedia y la segunda un drama. Ambas situadas en un escenario rural de la España de la época en la que se escriben. Nos encontramos a principios del siglo XX. Decir que el mundo en esa época estaba convulso no nos va a servir para catalogar dichas obras de teatro. El autor es seguidor del “Realismo” y en estas obras dibuja perfectamente la psicología de sus protagonistas. Como siempre en las ediciones de Cátedra, se hace una introducción con comentarios de la evolución del autor, y de las obras que se publican en dicha edición.

En resumen nos encontramos con dos protagonistas femeninas, de fuerte carácter y claras convicciones. Ambas están casadas, y en el pueblo sus matrimonios dan mucho que hablar, por los comportamientos de ambos maridos. Benavente escribe como bien sabe que hablan en los pueblos de principios de siglo XX, y lo que puede parecer difícil de leer nos hace más creíble la trama. En ambas obras de teatro una mujer joven y guapa será determinante para impulsar la narración hasta el desenlace. Hasta aquí todo parece previsible, matrimonio y guapa jovencita que se interpone entre ambos en un pequeño pueblo deseoso de que pase algo extraordinario. Pero les invito a seguir leyendo, mejor dicho a comenzar a leer las obras de teatro.

Benavente, querido por su público, no quiere dejarles indiferentes. Les pone ante los ojos lo que son, sus costumbres y sus valores. Para hacerles reír o llorar. Pero sobre todo para que piensen: “eso mismo podría pasarnos a nosotros”. Pero para el lector de principios del siglo XXI no escribió Benavente. Sin embargo no deja indiferente. En mi opinión las dos obras muestran los grandes cambios acaecidos en el siglo, a pesar de aquellos que opinan que nada cambió. Claro que muchos opinarán que en lo esencial todo sigue igual. Pero ese debate no tiene nada que ver con Benavente.

El libro es recomendable a los que gustan del teatro. A quienes se interesen por conocer España a principios del siglo XX, sabiendo que nos encontramos con ficción pero cercana al realismo. Leer lo que en su tiempo fue un premio nobel.

Anuncios

El petirrojo (relato original)

-¿Es normal que haga eso?- Preguntó Mike, sin apartar la mirada del petirrojo.

-Por supuesto que no- Respondió Demis, desdeñando la pregunta de su cliente, como si ésta la hubiera formulado un niño que solo piensa en enumerar “porqués” sin importarle la lógica de las respuestas– ¿Cuándo empezó a hacerlo?

-Esta mañana, me di cuenta al llegar de trabajar.

 -Qué raro- musitó imperceptiblemente.

El petirrojo acababa de posar el alambre de sus patas en el balancín que colgaba del techo de la pajarera metálica. Era pequeño, rollizo; el busto anaranjado hinchado como una borra de algodón escondía el diminuto cuello, resaltando aún más su simpática redondez: un ejemplar sano de petirrojo europeo. O eso le parecía a Demis a simple vista.

Entonces, con esa velocidad espasmódica que tienen los pájaros a la hora de analizar el lugar en que se encuentran, el petirrojo, mirando aquí y allá, cantó sobre su  balancín. No era un trino agradable, había que hacer muchas concesiones para considerar siquiera a ese chirrido agitado como un canto; más bien parecía un grito afónico, como amortiguado por aceite de motor y arandelas oxidadas.

Continúo su interpretación ignorando por completo al jurado durante unos minutos. Demis lo analizaba concienzudamente, observando cada movimiento del pico y cada sonido. Aun no veía el problema, no podía condenar al pájaro solo por su nulo talento musical:

-¿Nada más?- Había cierto reproche en la pregunta.

-Espere y verá.

Y, en efecto, una nueva anomalía se dibujaba en el comportamiento del animal; un nuevo matiz había aparecido en el canto, un bucle, una congelación espontanea. El pequeño pajarillo había encontrado, de entro todo su repertorio de estridencias y disonancias, sus notas favoritas, y daba la impresión de no tener intención de cambiarlas. Sin embargo, no quiso dejarlo ahí, también decidió añadir a su actuación un componente más físico. El cuello del animal comenzó a retorcerse sobre sí mismo, atascado en la misma parálisis que sufría su canto, recordando a aquella antigua película de terror.

-¿Lo ve? Da muy mal rollo. Así no hay forma de descansar.

Demis abrió su bolsa y empezó a sacar herramientas, objetos y papeles. Sin decir nada, abrió la jaula y sacó al petirrojo, que aún seguía debatiéndose contra sí mismo en su mano, sin detener canto y convulsiones. Lo observo detenidamente, prestando especial interés por los ojos color avellana y el pico menudo, abierto en una mueca atascada por los chirridos.

El pájaro no se resistía, se dejaba manipular: estaba congelado en el tiempo. Le dio la vuelta para observar el vientre grisáceo; soplo varias veces sobre la zona para levantar las plumas, quedando al descubierto un diminuto panel metálico. Con ayuda de un aún más diminuto destornillador retiró con cuidado la carcasa y comenzó a tantear el esqueleto artificial de cables, arandelas, tuercas, transmisores, mecanismos, chips y microchips.

Tras cinco minutos de metódico trabajo de ingeniería en miniatura, volvió a ajustar el panel y extendió la mano: el petirrojo se alejó rápidamente hacia la comodidad de su jaula con un sordo batir de alas, y sus trinos ahora sonaban alegres, melódicos, variados. Y naturales.

-Ya está –dijo satisfecho el mecánico, mientras guardaba sus herramientas- el cable de la siringe se había atascado en el mecanismo locomotriz de la cabeza. Un fallo habitual en estos modelos, y me extraña que no se den con más frecuencia ¿Sabe cuánto cuesta hacer que uno de estos resulte convincente usando solo fotos y animales disecados?

-No me hago ni la menor idea- Y así lo reflejaba su sonrisa boba.

Murnau (Julio Bernad Cobo)

Enlace original aquí